Más despacio

Hace unos días me tomé unas jornadas para viajar a mi refugio particular. En uno de esos momentos que parecen vacíos en el tiempo, pero que realmente no lo son, me percaté de que en el barrio de toda la vida había cambiado algo realmente notable y que enseguida se nota cuando asciendes por sus calles. La característica a la que me refiero es el olor. Siempre he pensado y creído que una de las cosas que más determinan a las ciudades, los pueblos, los barrios o simplemente una calle, es su olor. De hecho, que levante la mano la persona que no sabría dónde se encuentra con tan solo respirar y adquirir todos los matices posibles del lugar donde está. Ya sea el humo de la leña en las chimeneas, la humedad de los árboles depositándose lentamente sobre el pelo o la preparación de la comida en casa de la vecina, que asoma entre las rendijas de un enrejado antiguo pero que se mantiene fiel en su misión.

Y claro, enseguida anudé un lazo y se lo lancé a mi memoria para tratar de domarla para traer hasta ese instante los olores del pueblo y del barrio de cuando yo era pequeño. Al momento sentí una pequeña punzada en el pecho y una sensación extraña que me inundó el cuerpo. De todos los olores que recordaba solo uno había regresado con vida.

En varias tardes de esos días tuve la oportunidad de retomar contacto con algunos vecinos, y mientras caminábamos por la carretera para dar una vuelta, los encontramos sentados y reunidos a la fresca para charlar de cualquier tema, relevante o banal. A la vuelta se incorporaron y decidimos acompañarles de regreso al pueblo. Sus pausados pasos enseguida me hicieron ver que no todo tiene que ir tan deprisa, que el tiempo bien invertido es tiempo eternamente disfrutado y que por muy rápido que vayas a un sitio puede que llegues antes, pero te hará perderte cosas por el camino. Así que nos adaptamos y aminoramos la marcha, y tras las primeras muestras de buen humor llegaron las palabras de resignación. Recordaban cómo era el barrio cuando eran unos críos. Decían que las calles estaban llenas de vida, que se reunían para las fiestas del barrio, que jugaban por cualquier rincón. También decían que el televisor quizá era mayor culpable de muchas cosas de las que podemos imaginar. Que las mentes de antaño era muy inteligentes, porque construyeron las casas de manera que jamás pasaras calor en verano, con piedra y grandes muros y que, sin embargo, ahora el ladrillo se utilizaba para todo y todo se deterioraba y se caía antes (me lo decían señalando un edificio afectado con grietas de reciente construcción). Y también, que muchas de las cosas que se realizaban para durar no funcionaban, ni nunca lo harían, porque había personas que así lo impedían, ya fuera porque carecían de los valores necesarios para mantenerlas o bien porque les importaba más bien poco (me decían mientras indicaban una moto aparcada en mitad de un paso para peatones). Y jamás olvidaré una frase que muchos recitaron, porque seguramente no haya un ápice de duda en ella: «antes no teníamos de nada, pero éramos muy felices».

_6257656

Desde luego, si cada persona fuese un baúl, estos con los que tenía el privilegio de conversar quizá tuvieran las telas de su exterior algo ajadas y sus bases de madera no apoyaran como al principio, pero su interior mantenía el terciopelo intacto y los objetos en un perfecto orden (y lástima que no sea así con todos ellos).

Personalmente, viví quizá los últimos tiempos de aquella época dorada donde el televisor era la última de las opciones, el miedo implementado de los demás prácticamente ni se intuía y los olores que siempre había conocido se mantenían en cada piedra, en cada pared, en brizna del viento.

Quién iba a decirme a mí que algún día compartiría nostalgia de barrio y del fin de una gran época con personas que me llevan 50 años de experiencia. Y es un orgullo y un privilegio compartir recuerdos con todas ellas, sin lugar a dudas.

Puede que todos aquellos valores no regresen tal y como habitaban el lugar por aquel entonces porque muchas personas que los encarnaban ya no están, puede que no haya vuelta atrás en ciertas cosas y siempre echaré de menos poder jugar por las calles del pueblo, sin límites y con todo el escenario a nuestros pies hasta que cayese la última luz del día. Aún así, uno procurará ralentizar el paso, caminar como las últimas almas de algo que fue muy grande y que están condenadas, con mucho gusto, a conversar e invocar todos y cada uno de los olores de lo que fue nuestro barrio.

Dejar un comentario