Recuerdos del futuro

Quisiera el escritor la soledad requerida y ansiada, pero no obligada, forzada por los tiempos y el desvarío de lo nuevo. No, así no.
Pero sí en la manera en que los fríos vendavales y las nieves que se descuelgan temerarias de los tejados, impactando sin remedio sobre las antiguas piedras, perpetran en las mentes, todas, la supervivencia del calor de la hoguera y la cena de olla y cuchara.

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Quisiera el autor la ausencia de todo aquel ruido que no surge entre ideas y personajes de su tormenta, pero no la que hace inclinarse y agachar la cabeza por la huida de los quehaceres y de los festejos del estío. No, así no.
Pero sí la forma con la que el aire y el viento tratan el día a día, badajos de campanas a su hora o todo lo contrario, cláxones que adelantan el olor del artesanal pan, la trabajada cosecha o del que recauda jornal por nobles metales carentes de misión.

Quisiera el narrador retratar en papel la hermosa faz de los recuerdos de los antiguos, impregnados en ambos lados de fachadas de piedra, cal y arena. Sin máscaras, ni cachivaches, ni viajeros de espacio que no merecen más que un segundo para lanzarlos tan lejos como den las fuerzas y las ganas. No, así no.
Pero sí el aroma de la leña ardiendo, de poyetes carentes de espacio y colmados de sensaciones o de seres vivientes; de barrios de mondadientes por estructura que se permiten rendir homenaje al autentico guardián de sus historias, vivencias y esperanzas, que son ellos mismos y los que vengan después y estén dispuestos a escucharlas con toda la atención que pueda permitir un instante.

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