Incesante luz

El día se despide azul, con leves aunque amenazantes fauces de lluvia.
Los puntos titilantes de luces lejanas, pero acostumbradas a lucir ante estos ojos que ahora ayudan a escribir, aparecen sin importarles lo más mínimo el tiempo, ni el espacio, ni cualquier otro elemento que pretenda convencerlas de que no son más que luz incesante pero, al fin y al cabo, mortal.
Responden que se defenderán de la oscuridad de la noche y que, una vez más, vencerán en batalla nada reñida. Relatarán que parte del firmamento nocturno es suyo y que, aunque sus parientes estén lejos y no parezcan más que un insignificante punto apartado del alcance de cualquier ser conocido, de cerca cegarían la más densa pupila de negrura y tosquedad. Que su fortaleza se asemejaría a la de mil soles prisioneros de la ignorancia y la envidia y que, de querer tocarlas, las manos nunca serían suficientes.

Es el fin de las formas y los rostros. Cualquier sombra es infinitamente desconocida. Aférrate a los puntos luminosos del firmamento y cierra los ojos hasta que todo haya acabado.

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